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Los relatos que se presentan a continuación forman parte de los “Cuentos de la tía Clementina”, de Perla Zelmanovich en los que el personaje de Eugenia Ortiz recuerda charlas que tuvo durante su infancia con su criada negra, la tía Clementina. Estos cuentos permiten un acercamiento a nuestra historia.

Carta de presentación

Me llamo Eugenia Ortiz. La semana próxima voy a cumplir 65 años. Nací en Buenos Aires en el año 1809. Por aquella época era común que los niños que pertenecíamos a familias donde no faltaba el dinero fuéramos criados por esclavas negras. Eran nuestras amas de leche y los médicos las recomendaban como las mejores nodrizas. La mía de llamaba Clementina, ¡y yo la adoraba!
En las tardes de verano, cuando el calor se hacía insoportable y todos dormían la siesta, nosotras nos sentábamos debajo del limonero. Allí se nos iba el tiempo volando, hablando y hablando de cosas que pasaban y yo no entendía. Nadie como ella sabía explicarme todo tan bien. Tenía una memoria prodigiosa y además era muy entretenida.
Un día me dije a mí misma: “Eugenia, tú no eres Clementina, va a llegar un día en que no recuerdes nada de lo que ella te cuenta. Y si tu no lo recuerdas, ¿cómo podrás contarles estas historias a tus hijos?”. Ahí fue cuando me animé y comencé a escribir. Por eso empecé por el principio, poniéndoles un título, y así fue como los llamé: “LOS CUENTOS DE LA TÍA CLEMENTINA”.
¿Cuándo y dónde comenzaron estos cuentos? ¡De que empezaron en la ciudad de Buenos Aires, estoy segura! Ahora, cuándo… no lo sé exactamente. Habrá sido allá por 1815, más o menos. Yo tendría seis o siete años.

Recuerdo que por ese entonces la ciudad celebraba unas fiestas muy bonitas. Fiestas mayas, se llamaban, y eran uno de los festejos más esperados por todos.
¡Sobre todo por los chicos! Había, como hoy, Tedéum, formación en la plaza, salvas de artillería. Los niños de las escuelas de la patria nos reuníamos frente a la pirámide para cantar el Himno… A decir verdad, esto no era lo que más me interesaba. ¡Lo más divertido venía después! ¡Cohetes voladores que cruzaban el espacio, fuegos ratifícales que iluminaban mágicamente la plaza, rifas, globos para todos, música, baile. Y después fiestas en las casas… Allá, por esos años, comenzaron las historias…



Anocher de un día agitado

Éste es uno de los primeros recuerdos que tengo de mis charlas después de la revolución de mayo. En el reloj había sonado la hora fatal: la de ir a la cama. ¿A qué niño le gusta ir a la cama? Mi tatita acababa de darme la bendición cuando, al pasar al lado de mi madre, pude ver que todavía tenía los ojos enrojecidos por el llanto de esa tarde. Entonces, mientras me zambullía en las sábanas heladas, le dije a Clementina..
– Tía Clementina, contáme, ¿por qué lloraba mi mamá esta tarde?
– ¡Ay, niña Eugenia, no me haga andar contando las cosas de mi amita!
– Contáme, Clementina. Hasta que no me cuentes, no me voy a dormir.
– ¡Mire que es caprichosa, mi niña! Le cuento rapidito y después se me duerme. Mañana es fiesta de la Patria y tenemos que estar tempranito en la plaza pa’ cantar el Himno.
– Prometido.
– Su merced lloraba porque pa’ esta fecha se le viene a la memoria el recuerdo del hermano que está en España.
– ¿El tío Eusebio, Clementina?
– El mesmo, mi niña.
– Yo no lo recuerdo para nada.
– ¿Y de las primas tampoco se acuerda?
– Nada de nada.
– ¡Ay, qué negra bruta que soy! Cómo se va a recordar, si mi niña era así de chiquitita cuando ellos se fueron.
– ¿Chiquitita como mi hermano era yo, Clementina?
– ¡Igualita!
– Bueno, seguíme contando, ¿por qué lloraba mi madre?
– Como le decía, niña Eugenia, l’amita lloraba porque hace siete años, pa’ esta fecha, se armó un lío tan grande en este país y en esta casa que de resulta de eso, su tío se fue con la familia a España pa¨ nunca más volver.
– ¿Y no se sabe nada de ellos?
– Algo debe saber l’ amita , porque de vez en cuando recibe cartas. Después que las lee me pide que se las guarde en un baúl que yo tengo.
– ¿Y qué dicen, Clementina?
– ¡Y no sé niña, si yo no aprendí a leer! Y aunque supiera, tampoco andaría por ahí husmeando cartas ajenas. ¿Qué le estaba contando? ¡Ah!, sí, el lío que había armado. Eran como las seis de la tarde del 25 de mayo del año ‘10. Había lloviznado todo el santo día, lo mesmito que hoy. Esa mañana, después de una semana movida como un candombe, había sacado el virrey del gobierno y lo había cambiado por una Junta.
– ¿Un virrey? ¿Qué es un virrey, Clementina?
– ¡Ay, niña! ¡Si a cada cosa que sale de mi negra boca uste’ va a preguntar! Espere que ya vamo’ a llegar a esa parte.
– Le decía, entonces, que ese día 25 había cambiado el gobierno. Y de tener gobernantes españoles pasamos a tener gobernantes de acá, nacidos en esta tierra, criollos, como se dice.
– ¡Cómo yo!
– Como uste’ , como su hermano, como su padre. Pero no como su madre ni como su tío Eusebio, que por ese lado de la familia son todos españoles.
– ¿No me traerías un jarrito de mazamorra, Clementina? ¡Tengo un hambre!
– ¡No mi niña, ya comió demasiado! Ahorita que le termino de contar, le traigo un dulcecito pa’ engañar el estómago. Le decía, entonces, que ese 25 los criollos se habían hecho cargo del gobierno, dejando afuera a los españoles. ¡Así que se imagina cómo estaban los españoles!
– ¡Ahí estaba el asunto! El amo era uno de los que habían ido ese día al cabildo, a votar pa’ que el virrey se fuera. Y el tío Eusebio, a votar pa’ que se quedara.
– Y como habían ganado los que lo querían sacar, el amo se burlaba de su tío.
– ¿Y qué le decía, Clementina?
– De todo; “chivato” y otras cosas que no se pueden repetir. ¡Y ahí estaban los dos, sacándose chispas por los ojos!
– ¿Siempre se peleaban, tía?
– Discutían bastante.
– ¿Por…?
– Parece ser que los lío’ entre el amo y su tío eran porque no pensaban lo mesmo.
– ¿En qué cosas pensaban distinto, Clementina?
– En muchas. No sé, yo mucho no entiendo. Parece que en cuestiones
de dinero, de política.
– Pero, ¿quiere que le diga una cosa, mi niña?, A mí tampoco me terminaba de gustar ese Eusebio. Andaba siempre con la narí’ pa’ arriba, creyéndose muy importante el hombre porque era español. Se daba corte porque a veces el virrey lo invitaba a los banquetes.
– ¿Y a mí papá no lo invitaba?
– ¿Qué lo va a invitar, ni niña! Ademá’ , ni falta que le hacía; el amo tenía otra calase de amistades.
– ¿Quiénes, Clementina?
– Toda gente instruida, que tenía ideas más modernas, como Mariano Moreno, ¡qué dios lo tenga en la gloria!, o Manuel Belgrano, y otros que ya ni me acuerdo.
– ¿Belgrano? ¿El de la bandera?
– Ajá, el mesmo. Bueno, ya nos fuimos por las ramas. Ni sé de lo que estábamos hablando…¡Ah, sí!, de ese día en el cabildo. Después que volvieron de votar, la tarde acá en esta casa se había puesto difícil… Pa’ el amo era un día de fiesta y pa’ el otro un velorio.
– Pero el lío se armó a la noche. La Junta de Gobierno dio la orden de prender toditos lo’ farole’ del cabildo y de la ciudad. ¡Pa’ que se notara la fiesta. ¿Entiende, mi niña?
– ¡Ah! Igual que ahora, cuando nuestro ejército le gana una batalla a los
españoles. ¿no?
– La mesma cosa. Así que mandaron a encender todas las velas. Pero la lluvia apagaba los candiles. Entonces dispusieron que se prendieran las velas de todas las casas y que abrieran los postigones pa’ que la luz
iluminara las calles.
– ¿Y el tío aceptó?
– ¿Ahí fue cuando se armó? El amo abría las ventanas y su tío las cerraba. ¡Así anduvieron no sé cuanto tiempo! Uno que abría y otro que cerraba, uno que abría y otro que cerraba.
– “¡Qué va!”, Decía Eusebio. “Gastar en velas porque se les ocurre a unos cuantos atropellados que sacaron de su puesto al virrey”. “¡Ya bastante con las que prendieron en el cabildo!” “ ¿Quién va a pagar todo lo que estuvieron gastando esta semana, eh? ¿quién? ¡¡¡Nosotros!!! “ Y seguía: “Entre velas, los vinos que se tomaron y las viandas que le encargaron a la fonda de Verdial, deben sumar unos cuantos reales”. ¡Y gritaba como un loco.
– ¿Y mi papá no decía nada, Clementina?
– ¡Y cómo no!. Ahí no más le retrucó: “Bien que cuando te sirvieron el chocolate lo agarraste sin chistar”, decía el amo.
Pero el tío Eusebio hablaba solo y ni lo miraba al amo. Él seguía con la suya: “Me gustaría salir a la calle y ver con mis propios ojos cuántos son los que tienen las ventanas abiertas. ¿Pero qué voy a salir, si andan esos locos por ahí, metiendo miedo a la gente con sus sables y pistolas!”.
Ahí el amo no aguantó más, y le pegó un trompis al tío Eusebio.
– ¿Y yo dónde estaba, tía Clementina?
– Usté lloraba mi niña, porque el barullo era increíble, pero yo enseguidita me la llevé pa’ l fondo, pa’ que no oyera.
– ¿Y siguieron peleando?
– ¿Qué si siguieron? ¡Siguieron hasta que el amo le partió un paraguas por la cabeza al tío Eusebio!
– ¡¿En serio!?
– ¡Qué me caiga muerta ahorita mismo si le miento! En mi baúl tengo guardado el mango del paraguas.
– Mostrámelo, tía, mostrámelo.
– ¡Qué le viá mostrar ahora, ésta no es hora! Ademá tiene que ser e secreto.
– ¿Por?
– Porque al amo no le hace mucha gracia ese recuerdo. ¡Tiene grabado el nombre del Rey de España!
– ¿Entonces por ese lío se fueron el tío Eusebio y las primas a España?
– ¡Claro! A la semana ya estaba preparando el equipaje pa’ irse en el primer barco que saliera.
– ¿Y nunca más van a volver?
– Eso yo no lo sé, ¡Y ahorita, a dormir! Si no, mañana no vamos a tener ganas de cantar ni de bailar ni de nada.
– ¡No, Clementina, contáme más cosas de cuando yo era chiquitita!
– ¿A estas horas? A estas horas, esta negra vieja lo que precisa es un buen descanso. Y usté’ también, mi niña.
– ¡Una, una solita!
– Ni media. Si se me está cayendo el dueño. Ademá, por estar contando estas cosas, todavía no acosté al angelito de su hermano. ¡Diga que es un santo el pobrecito! Ande, a dormir se ha dicho!
– Está bien, pero otro día me contás, ¿sí?